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Artículo de interés

Reproducimos a continuación un resumen de un artículo de Tomás Melendo titulado ¿Por qué la familia?

     Durante bastante tiempo, aunque no de manera exclusiva, la necesidad de la familia se ha explicado enfatizando la múltiple y clara precariedad del hombre. Por ejemplo, respecto a la mera supervivencia venía a decirse que, mientras la dotación instintiva permite a los animales manejarse desde muy pronto por sí mismos, el niño abandonado a sus propios recursos perecería inevitablemente. O se aducían razones psicológicas, como la ineludible conveniencia de superar la soledad , de distribuir el trabajo o los ámbitos del saber para lograr una mayor eficacia.

     Siendo todo esto cierto, no alcanza el núcleo de la cuestión. Si desde antiguo se considera la persona como lo más perfecto que existe en la naturaleza; si hoy es difícil hablar del ser humano sin subrayar su dignidad y grandeza... ¿no resulta extraño que los animales no necesiten familia, mientras que al hombre le sea imprescindible sólo o principalmente en función de su “inferioridad” respecto a ellos?.

     El cambio radical que pretendo subrayar con estas líneas es que toda persona requiere de la familia en virtud de su eminencia o valía: de lo que en términos metafísicos podría llamarse su excedencia en el ser.

     Por eso la persona está llamada a darse; por eso puede definirse como principio - y término- de amor... siendo la entrega el acto en que ese amor culmina.

     Las plantas y los animales, por su misma escasez de realidad, actúan de forma casi exclusiva para asegurarse la propia pervivencia y la de su especie. Porque gozan de poco ser, tienen que dirigir toda su actividad a conservarlo y protegerlo: se cierran en sí mismos o en su especie en cuanto suya.

     A la persona, pro el contrario, justo por la nobleza que su condición implica, “le sobra ser”. De ahí que su operación más propia, precisamente en cuanto persona, consiste en darse, en amar. Y de ahí que sólo cuando ama en serio y se entrega sin tasa –“la medida del amor es amar sin medida”- alcanza la felicidad.

     A menudo explico que, a pesar de la conciencia que solemos tener de la propia pequeñez, es tanta la grandeza que nuestra condición de personas que nada resulta digno de sernos regalado... excepto otra persona. Cualquier otra realidad, incluso el trabajo o la obra de arte más excelsa, se demuestra escasa para acoger la sublimidad ligada a la condición personal: ni se puede ser “vehículo” de mi persona, ni está a la altura de aquella a la que pretendo entregarme.

     De ahí que, con total independencia de su valor material, el regalo sólo cumple su función en la medida en que yo me comprometo –me “integro”- en él. “¿Regalo, don, entrega? / Símbolo puro, signo / de que me quiere dar”, escribió magistralmente Salinas.

     Pero decía que, además de ser capaz, la otra persona tiene que estar dispuesta a acogerme de manera incondicional: de lo contrario, mi entrega quedaría en mera ilusión, en una especie de aborto. Si nadie me acepta, por más que me empeñe, resulta imposible entregarme.

     Pues bien, el ámbito natural donde se acoge al ser humano sin reservas, por el mero hecho de ser persona, es justo la familia. En cualquier institución –en una empresa, pongo por caso- resulta legítimo que se tengan en cuenta determinadas cualidades o aptitudes, sin que al rechazarme por carecer de ellas se lesione en modo alguno mi dignidad.

     Por el contrario, una familia genuina acepta a cada uno de sus miembros teniendo en cuenta, sí, su condición de persona. Y basta. Y al acogerlos, les permite entregarse y cumplirse como personas.

     Por eso cabe afirmar que sin familia no puede haber persona o, al menos, persona cumplida, llevada a plenitud. Y ello, según acabo de sugerir, no primariamente a causa de carencia alguna, sino al contrario, en virtud de la propia excedencia, que “nos obliga” a entregarnos... o quedar frustrados.

     Estimo que al adoptar esta nueva perspectiva se advierten multitud de cuestiones que de otro modo permanecerían en penumbras. Por ejemplo, en el ámbito doméstico, se explica que la familia no sea una institución “inventada” para los débiles y desvalidos (niños, enfermos, ancianos...); sino que, al contrario, cuanto más perfección alcanza un ser humano, cuanto más maduro es el padre o la madre, más precisa de su familia, justamente para crecer como persona, dándose y siendo aceptado: amado... con la guardia baja, sin necesidad de “demostrar” nada para ser querido.

     Todo esto refuerza tres de mis convicciones:

a) la primera, una fe absoluta en el ser humano, en su capacidad de rectificar el rumbo y superarse a sí mismo.

b) en segundo término, que el hombre actual necesita advertir su propia excelsitud y actuar de acuerdo con ella.

c) por último, que el “lugar natural” para aprenderlo, el único verdaderamente imprescindible y suficiente, es la familia. No sólo el niño, sino el adolescente que aparenta negarlo, el joven ante el que se abre un abanico de posibilidades deslumbrante, el adulto en plenitud de facultades, el anciano que parece declinar..., todos ellos forjan y rehacen, día tras día, en el seno del propio hogar.

Y así, templados y reconstituidos, son capaces de darle la vuelta al mundo, de humanizarlo. Por eso, la familia.

Tomás Melendo Granados
Catedrático de Filosofía

Asociación Cultural Atazar · Paseo de las Delicias 65. 28045 Madrid ·España · Tfno.: 915390807